EL RETABLO MAYOR

De finales del s. XVI y principios del s. XVII. Conserva restos de un retablo anterior: un crucifijo románico tardío, que lo corona un triángulo habitado por una paloma, uno de los símbolos del Espíritu Santo.

Bajo esta imagen de Jesús crucificado y por la superficie del retablo están las imágenes de los Apóstoles, acompañados de la imagen de algunas de las vírgenes de devoción más arraigada en el pueblo cristiano: Sta. Bárbara y Sta. Agueda. Y también la de San Juan Bautista.

Esta superficie está enmarcada entre dos bajo - relieves de dirección ascendente en los que se representan diversas historias que tienen su sitio en la unidad temática del retablo.

Esta temática catequética del retablo tiene una vigencia permanente. Y se refiere a la Iglesia. Veamos:

Dios, representado por el triángulo que remata la obra y por la paloma que nos recuerda al Espíritu Santo, envía a su Hijo al mundo en una carne como la nuestra y muere por nosotros en la cruz. Este Hijo, a su vez, envía a sus discípulos al mundo con el encargo de bautizar a quien creyere el evangelio cuyo anuncio les encomienda. Los Apóstoles y los discípulos, esparcidos por el mundo, (superficie del altar) dedicados al anuncio del Evangelio transmiten la Palabra que se ha hecho carne y que viene a ser la base de la Iglesia. En la base del retablo están representados los cuatro evangelistas y los Padres de la Iglesia, y junto con ellos el innumerable ejército de los mártires, vírgenes, y los padres de la vida monástica, como palabra encarnada, también ya, en los que creyeron el evangelio.

En uno de los relieves con la imagen del bautismo de Cornelio y con la historia de San Jorge, se representa la expansión de la Iglesia fuera de las fronteras de Israel y, cuajando también en la carne de la cultura representada en el imperio de Roma, se representa la historia de San Jorge. En el otro bajorrelieve se alude a esta dinámica misionera de la Iglesia haciéndola presente también en España, de la mano de la Virgen del Pilar, de Santiago y de los siete varones apostólicos.

Por cierto, el centro del retablo lo ocupa la efigie de Santiago Apóstol representado, con el rostro ardiente, como hijo del trueno, y como caminante que sabe bien que tiene que recorrer los caminos del anuncio evangélico hasta beber el cáliz que le estaba reservado.